El ajuste de la silla de montar en caballos
Cuando hablamos del ajuste de la silla de montar en caballos, podría parecer que estamos ante algo relativamente sencillo. Colocamos la silla o albardón sobre el dorso, observamos cómo se asienta, revisamos determinados puntos, la probamos con el jinete y finalmente decidimos si el ajuste parece adecuado.

Pero detrás de este procedimiento aparentemente simple existe una pregunta mucho más profunda: ¿Cómo llegamos a saber que una silla está realmente bien ajustada?
La respuesta no depende únicamente de cómo se observa una silla sobre un caballo. Detrás de ella existe una larga historia de evolución del equipo ecuestre, cambios en la conformación de los caballos y, más recientemente, investigaciones que intentan comprender mejor la interacción entre caballo, jinete y silla.
El ajuste de la silla de montar tiene miles de años de historia
La preocupación por la relación entre caballo, jinete y silla no es nueva.
El estudio publicado por P. Wertmann y colaboradores en 2023 señala que una de las sillas de montar más antiguas conocidas fue encontrada en Yanghai, China, y ha sido datada entre los años 727 y 396 a. C., con una probabilidad del 95.4 %.
Se trataba de una silla blanda construida con pieles rellenas. Su estructura ya incorporaba elementos destinados no solamente a proporcionar soporte y estabilidad al jinete, sino que, de acuerdo con los autores, presentaba un diseño funcional que consideraba la anatomía y el bienestar tanto del caballo como de quien lo montaba.

Este dato resulta fascinante porque significa que, hace aproximadamente 2,500 años, ya encontramos evidencia de que el diseño de una silla podía considerar la anatomía y el bienestar del caballo y del jinete, así como la relación existente entre ambos.
Entonces, quizá la pregunta no sea si históricamente hemos pensado en el ajuste de la silla.
La pregunta es: ¿Cómo hemos construido, a lo largo del tiempo, nuestros criterios para decidir qué significa que una silla esté bien ajustada?

La silla de montar evolucionó con las necesidades humanas
Con el paso del tiempo aparecieron nuevas formas de sillas y diferentes sistemas de soporte. Sin embargo, existe un aspecto fundamental para comprender esta evolución: la silla cambió porque también cambiaron las necesidades humanas.
Montar durante largas distancias no plantea exactamente los mismos problemas que combatir a caballo. Trabajar con ganado tampoco requiere lo mismo que practicar doma. Del mismo modo, un caballo de carreras no realiza los mismos movimientos que un caballo de salto o un ejemplar destinado a largas jornadas de trabajo.


La silla cambió de acuerdo con la función para la que era utilizada. Pero también cambió el caballo.

No existe un único tipo de caballo
La domesticación y, posteriormente, la selección realizada por los seres humanos produjeron una enorme diversidad de tamaños y conformaciones entre los caballos.
Brooks, S. A. y colaboradores (2010) analizaron 1,215 caballos pertenecientes a 65 razas y encontraron diferencias importantes en características relacionadas con el tamaño y la conformación esquelética.
Entre los grupos estudiados se encontraban caballos árabes, pura sangre, shire, clydesdale, shetland y miniatura americano. Pero no necesitamos observar 65 razas para comprender estas diferencias.



Basta comparar un caballo árabe, un pura sangre inglés, un caballo de tiro o un cuarto de milla. Sus cuerpos no son intercambiables. Y si sus cuerpos son diferentes, también lo son las superficies sobre las cuales colocamos una silla de montar.
¿Han evolucionado también nuestros criterios para evaluar las sillas?
Esta diversidad de razas nos conduce a una pregunta especialmente importante:
¿Han evolucionado los métodos de fabricación y evaluación de las sillas al ritmo de la diversidad morfológica de los caballos que montamos?
No existe una respuesta sencilla. Lo que sí sabemos es que el ajuste importa.

¿Qué nos dice la investigación sobre la presión de la silla?
Meschan, E. M. y colaboradores (2007) demostraron que modificar determinadas características de la silla, como el ancho del árbol, puede cambiar la distribución de la presión.
Las sillas con un árbol demasiado estrecho o demasiado ancho podían concentrar la carga en superficies más pequeñas y generar mayores picos de presión.
Sin embargo, existe un punto fundamental que debemos considerar: evaluar el ajuste de una silla no puede reducirse exclusivamente a medir la presión.

Caballo, jinete y silla forman un sistema
Una silla no funciona de manera aislada. Forma parte de un sistema en el que intervienen el caballo, el jinete y la propia silla.
El caballo cambia con la edad, la condición física, el entrenamiento, el desarrollo de la musculatura y su estado de salud, entre otros factores.
El jinete también modifica esta interacción a través de su equilibrio, posición y movimiento.
La silla participa en esta relación como una interfaz entre ambos.
Por ello, hablar del ajuste de una silla significa necesariamente observar una relación dinámica y no solamente un objeto colocado sobre el dorso del caballo.

¿Qué significa realmente que una silla le quede bien a un caballo?
Cuando preguntamos: ¿Le queda bien esta silla? Tal vez deberíamos formular primero otras preguntas: ¿Qué sabemos realmente sobre la relación entre la silla de montar, el caballo y el jinete? Y, quizá todavía más importante ¿De dónde viene lo que creemos saber?
Estas preguntas resultan relevantes porque las decisiones que tomamos dentro del mundo ecuestre pueden proceder de diferentes fuentes.
Por ello, resulta interesante preguntarnos no solamente qué sabemos, sino también cómo llegamos a saberlo.
¿Cómo sabemos que sabemos?
Comprender si una silla de montar realmente se adapta a un caballo exige mirar más allá de una comprobación visual. Implica considerar la conformación del caballo, sus cambios físicos, al jinete, el movimiento y las características de la propia silla.
Pero también implica cuestionar nuestros propios criterios. La historia demuestra que la relación entre el caballo, el jinete y la silla lleva miles de años evolucionando. La investigación científica nos ofrece nuevas herramientas para comprenderla, pero también abre nuevas preguntas.

Por eso, quizá una de las mejores formas de avanzar hacia un mayor bienestar equino sea mantener viva precisamente esa pregunta: ¿Cómo sabemos que sabemos?
Un estudio para conocer qué sabe la comunidad ecuestre
Desde SENDA estoy desarrollando un estudio que busca conocer qué nivel de conocimiento tiene la comunidad ecuestre sobre esta relación y en qué medida ese conocimiento se basa en criterios respaldados por evidencia.
No se trata de encontrar respuestas correctas o incorrectas de antemano ni de evaluar a quienes participan. Se trata de comprender: ¿Qué sabemos? ¿Cómo hemos aprendido lo que sabemos?¿Qué criterios utilizamos cuando tomamos decisiones sobre el equipo con el que montamos?
Estas preguntas adquieren una importancia especial cuando hablamos de bienestar. Porque si queremos hablar de bienestar equino, necesitamos preguntarnos cuánto de nuestras decisiones procede de la evidencia y cuánto de la tradición, la experiencia, la recomendación o aquello que simplemente hemos escuchado muchas veces.
Ese es precisamente el punto de partida de este estudio.

¿Quieres participar?
Si formas parte de la comunidad ecuestre y te interesa participar, me gustaría conocerte. Puedes escribirme directamente para recibir más información.
Para contactar a Brenda y/o participar con ella Watts 33 1011 4311. Si quieres conocer los servicios que ofrece SENDA, entra a Brenda Molgado Ergonomista Equino, o @senda_ergonomia_equina en Instagram.
Referencias
Wertmann, P. et al. (2023). The earliest directly dated saddle for horse-riding from a mid-1st millennium BCE female burial in Northwest China. Archaeological Research in Asia, 35, 100451.
Brooks, S. A. et al. (2010). Morphological variation in the horse: defining complex traits of body size and shape. Animal Genetics, 41(Suppl. 2), 159–165.
Meschan, E. M. et al. (2007). The influence of the width of the saddle tree on the forces and the pressure distribution under the saddle. The Veterinary Journal, 173(3), 578–587.
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